el idealista
Se acercaba la hora anhelada.
Entraba con una mirada chispeante, sin buscar reto alguno, pero si buscando en los ojos ajenos una complicidad que mermara sus inseguridades tapiadas con una personalidad carismática, idealista y jovial. Sí, era su momento, el momento de despojarse de futilidades cotidianas que inundaban constantemente con realidades un espíritu demasiado abnegado a lo mundano y abandonado a la abstracción inerte del pensamiento libre. Sí, espíritu libre, con proyecciones intelectuales ilimitadas a respuestas sabias para allegarse a interrogatorios que se perdieran en su mismo punto de entrada sin encontrar salida….interrogatorios que se divorcian de las afirmaciones para irse con el mejor amante, el misterio y la duda.
Usted se deja poseer durante unos minutos por un Sócrates que a diferencia de éste, hace preguntas tímidas, sin mirar directamente a su interlocutor.
No obstante… esa vez, no la olvidaré nunca. Fui a su despacho cómo fauno buscando por un laberinto un punto marginal dónde él se halla en el más humilde rincón de la facultad. Sentado, con papeles encima de la mesa y libros en las estanterías, no es resentido por estar alejado del resto, no es rencoroso por no ser considerado académicamente.
De alguna manera sabe que la mejor tarea como profesor no es la del reconocimiento académico sino la de sus aprendices, la de nosotros, sus alumnos. Le digo que esperaba más nota del trabajo que hize, le pregunto el porqué del notable y me responde coherentemente. Me mira con sus ojos chispeantes, y de cerca me parece más viejo pero al mismo tiempo más atractivo que nunca… Me mira tímidamente, e intuyo que talvez, me encuentre atractiva. No hago nada para convencerle, ni para que me suba la nota sino que solo hago acto de presencia… pero su humildad da un voto de confianza en mí revisando otra vez mi trabajo y apreciándolo realmente en su fin.
Me enamoré de la idea de usted… no en ese mismo instante sino en sus clases. Escucharlo hablar, apasionadamente sobre la posibilidad de pensar en otro modo, sobre lo hipócritas que somos desde que abrimos los párpados hasta que los cerramos y sobre la incertidumbre humana… me hizo aprender en la verdad más básica de la vida, que nadie enseña por orgullo y "humanidad"…la fragilidad que inunda a nuestros seres.
Somos cómo papel couché: naciendo blancos y desnudos, llanos y finos con una delgadez rompible, nos acabamos llenando de los mismos garabatos que todos los papeles couchés sin dar la posibilidad de inventar nuevas formas, nuevos colores y nuevas palabras. Pero profesor, talvez no hayas tenido en cuenta que… al fin y al cabo somos de papel y el llenarnos de los garabatos de siempre sin inventar nuevas palabras es causa de un acto pueril, el miedo que acaece en los humanos de descubrir algún día que somos de papel y no de acero.
No obstante, usted, me enamoró por su lucha en querer demostrar del material del que estamos hecho, de lo infames que somos y de cómo nos hemos enredado como seres en nuestra propia tela de araña, la que inventamos cómo hilo conductor hacia alguna salida, y se volvió hacia nosotros como una espiral enredándonos en sus pegajosos hilos. Así de infames e insignificantes somos los humanos.
Inventamos las reglas de juego solo porque sabemos que hacemos trampas,
inventamos la moral porque sabemos que la inflingimos por debajo de la contraluz de la puerta,
e inventamos el significado de la vida porqué el de la muerte nunca se nos será desvelado.




lascosasdepepe dijo
un abrazo
11 Septiembre 2008 | 05:01 PM