Nadie podrá jamás despojarte de tu dignidad a  menos que le des permiso

O se lo permitas.

 

Dignidad significa "calidad de digno", deriva del adjetivo latino dignus, se traduce por "valioso"; es el sentimiento que nos hace sentir valiosos, sin importar nuestra vida material o social. Conlleva en sí, una acepción vacía de juicios valorativos, independientemente de la escala normativa de una sociedad de aquello que considera como valioso.

 

En un día cualquiera, en vísperas de navidad, salía del metro de Plaza Catalunya y me encontré con una persona sentada en el suelo pidiendo limosna. Llamaba la atención por una malformación que tenía en la espalda, sentado encima de una manta de color índigo, y con el torso medio desnudo. Reconozco que me llamó la atención, y porque negarlo, me compadecí. Le di un mísero euro y, con prisas, iba directa hacia las escaleras mecánicas ya que por enésima vez llegaba tarde al curso de informática. No obstante, oí al tipo que me solicitaba, con voz alta y vehemente. Me había olvidado un presente a cambio de la limosna dada. Me dio un sobre con una postal de navidad, y añadió dentro el sobre una pieza que simula un cuarzo azul.

 

El sólo echo de solicitarme para que me volviera hacia él implicaba una reciprocidad. Sin vacilar, me miró a los ojos, de un azul con una tonalidad muy bella, y me dio aquello que me pertenecía, según él, por haberme percatado de su demanda. Pasamos en un instante de una relación asimétrica, en la que el alguien que aparentemente depende de la benevolencia externa, exime de ésta la mera compasión, al dar a cambio algo. No se trata de medir la calidad de aquello que da, sino de la intención en sí. El tipo, más allá de pedir limosna, exige respeto a cambio. El sobre con la postal navideña simboliza esa estima propia del individuo, aún estando sentado en el suelo para demandar unas monedas.

 

La pobreza llevada al extremo es aquella que está desenmascarada, que ya no se oculta y que, sin contemplación, termina dependiendo de la caridad ajena. Legitima pues que "depende" de una acción samaritana de un individuo cualquiera, desconocido, con el que no hay una reciprocidad en el acto. Richard Senett, en su magnífico ensayo sobre el Respeto, cita que cuando la compasión adopta la forma de piedad, también puede humillar al receptor. La compasión puede venir a sustituir la justicia, dice Hannah Arendt, pues la piedad "siempre significa desigualdad". No es de mi menester contextualizar un acto individual en el contexto social en el que se sitúa. Demasiado complicado y complejo. Pero sí recalcar que, determinadas acciones individuales, como la del hombre al que refiero, devienen un trasfondo de proporcionalidad. Ésta, implica que en las relaciones sociales haya un intercambio de servicios u objetos entre varios agentes. Hay un acuerdo entre éstos para que se dé a cabo este intercambio, siempre, bajo el precepto de igualdad. En términos económicos se entiende una mercantilización de las relaciones por el mero hecho de ponerles precio. No obstante, en términos individuales implica un acuerdo entre dos. Un acuerdo sólo es posible cuando se reconoce al otro, y por ende, no se le excluye.

 

Entiendo que, aún no esperando nada a cambio del mendigo al darle la limosna, el hecho de él llamarme, mirarme a los ojos y darme un objeto a cambio, es talvez, el acto de dignidad más noble que he contemplado en una situación extrema. Me conmovió, y todavía me conmueve que más que exigir un reconocimiento por haberle dado una limosna, me exime de mi aparente benevolencia, que esconde tras de sí, compasión. Vuelvo a subir las escaleras mecánicas, despojada de una incómoda superioridad, sustituida por un reconocimiento mutuo.